Impuestos incluidos.
Entre la primera copa de vino y la última cucharada del postre caben, de sobra, dos vidas y todos sus intersticios. La primera novela de Lucas Sánchez, No hay que hablar mucho, se articula en torno a una comida de cumpleaños entre un padre y un hijo. Durante ese encuentro, en el que casi nada es explícito, se despliegan las dinámicas de una relación marcada por los sobreentendidos, la distancia, el duelo silencioso y una manera aprendida, casi heredada, de estar en el mundo. La prosa de Lucas Sánchez recuerda a Zadie Smith en su inteligencia narrativa y a Miqui Otero en la ternura que despliega su mirada.
No hay que hablar mucho se arriesga a atravesar el inmenso desierto de la masculinidad ante los ojos de un muchacho que empieza a cuestionársela y ante los del hombre que le enseñó a ejercerla.
«Esta historia empieza con un pitido de coche y acaba con un porro. Entre medias pasa mi vida y pasa la de mi padre, aunque, en realidad, sólo sea una comida más de cumpleaños. Desde que murió Candela, mamá, aunque por alguna razón nunca la llamé mamá y siempre la llamé Candela, celebro mi cumpleaños comiendo con mi padre. Salvo cuando estuve viviendo en Chicago, claro, que lo eché de menos sin saberlo, sin pensarlo, sin quererlo. Sin darle importancia».
«La vida, a veces, te quita el hambre, pero ahí siguen estos dos hombres heridos, padre e hijo, masticando los silencios y las partes más correosas de la memoria. Separados por una mesa, por una generación y por la vida, pero intentando acercarse para conocerse y reconocerse. El lector, desde la mesa contigua, escucha con curiosidad y con emoción; rabia y ríe. Pocos debuts me han emocionado tanto como esta novela, buena de verdad, en todas las acepciones de esa bondad de la que están tan necesitados la literatura y el mundo. Levantad las copas: he aquí a un escritor».
Miqui Otero
«Si se habla a sí mismo igual que escribe, Lucas Sánchez es la persona más afortunada del mundo».
Iggy Rubín